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martes, 28 de agosto de 2012

EL CORDÓN UMBILICAL

—Señorita, por favor.
—¿Dígame?, ¿que desea?—le dijo con voz afable.
—¿Me puede decir donde me encuentro?, y… ¿que hago aquí?
—Está recuperándose, supongo—contestó ella a la segunda pregunta, y, esquivando la primera, le preguntó: ¿es que no le cuidan bien?
—Sí, sí, me atienden perfectamente.
—¿Entonces? ¿Cual es el problema?
 —No tengo libertad, me siento secuestrado, y yo quiero tener libertad plena para todo, y entrar y salir cuando me apetezca. Necesito ir a casa de mi madre y comprobar que se encuentra bien, además, seguro que mi familia no sabe donde estoy y me estarán buscando. ¿Sería tan amable de llamarles por teléfono?
La mujer que le escuchaba pensó: “este anciano, que debe rondar los noventa años, de modales educados y expresión amorosa, se preocupa por su madre. Siempre la madre, rara vez el padre, aunque haya sido un padre ejemplar. ¿Es que el cordón umbilical jamás se rompe? ¿Qué sucede con aquellos que, por la razón que sea, nunca conocieron madre? ¿Es posible que su yo, el inconsciente, el enigmático, ese para el que la medicina no tiene explicación, deambule toda la vida tratando de encontrar el extremo de su cordón umbilical para aferrarse a el?

martes, 15 de noviembre de 2011

LABORES II


                                     ...continuación
Ahora estoy centrada en tejer y tejer, lo mismo que antes lo estuve con los cojines de punto de cruz, los manteles de la Lagartera y el croché. Confeccioné tantos que ya no sabía a quien regalárselos.
Siempre me ha cundido la faena, porque me marcaba y me sigo marcando la tarea diaria, y hasta que no la termino no me voy a la cama, sino no puedo dormir. Mientras contaba las cruces, los hilos y ahora las vueltas, como no puedo distraerme, no pienso en otra cosa. “Dos del revés, dos del derecho”. “Cinco cruces en color amarillo y diez en color rojo”. “Ahora dos puntadas para arriba, después tres para abajo”.Contar, contar, coser, tejer, y mirar el modelo para no equivocarme, aunque, a decir verdad, algunos ya me los sé hasta con los ojos cerrados. Me da mucha rabia si lo hago mal, después tengo que deshacer lo hecho y volver a empezar, y con todo ello pierdo tiempo.
Cinco vueltas en color naranja.
...
Tres vueltas en color marrón.
...
Otras cinco vueltas en color naranja.
...
Creo que le gustará la rebeca, son colores que la he visto muy a menudo en la ropa que lleva.
...
 ¡Ay! Ya me equivoqué. ¡Dios mío! ¡Dios mío! A ver… he hecho dos vueltas mal, eran del derecho y las hecho del revés. Ahora a deshacerlo y hacerlo de nuevo. ¡Con el retraso que llevo! ¡Si este punto de arroz me lo sé de memoria, lo he hecho cien veces! No entiendo como me he podido equivocar de esta manera. Soy una despistada, al final va a ser verdad que, como decía mi marido, no sirvo para nada.
Bueno, intentaré ir mas deprisa y así recuperaré el tiempo que malgaste en desbaratarlo.
           Me ha comentado la asistente social que, cuando vuelva de las vacaciones, puedo salir a la calle, a pasear con una de mis compañeras de piso, pero yo le he dicho que no, más adelante, cuando...
           De momento necesito tiempo, tengo mucho que tejer, por ahora no puedo, no puedo…

sábado, 12 de noviembre de 2011

LABORES I


No sé muy bien por qué lo hacía ni por qué, a pesar de mi nueva situación y de la agradable compañía que ahora tengo, lo sigo haciendo. Lo cierto es que, para sentirme aliviada, necesito, sin concederme una tregua, seguir con esta distracción que  me seduce y me hipnotiza. Este impulso abrasador me tiene enganchada por el mango la voluntad, pero así está bien, porque consigue que tenga la mente y las manos ocupadas.
Creo que terminaré tejiendo bufandas, jerséis y gorros de lana para todas mis buenas amigas del piso. ¡Son tan atentas! Siempre están pendientes de mí, he tenido mucha suerte con ellas, porque exceptuando a mi madre que era la mujer más dulce del mundo, nunca he recibido tanto cariño como ahora, principalmente de las más veteranas.
¡Menos mal que hice caso a mi hermana Isabel! ¿Por qué no me atreví a hablarle antes?
Cuando termine esta rebeca que estoy tejiendo para la psicóloga, a Rosarito, como es muy joven, le voy a confeccionar una bufanda de rayas con colores alegres, para que se le animen y le resalten esos ojos de azul cielo que tiene, y desaparezcan las nubes de tormenta que ahora les cubren. Parece que aún falta, pero pronto refrescará, así que le vendrá muy bien, porque yo creo que en cuanto se relaje un poco, se le cure la pierna y pueda andar, podrá salir a la calle. ¡Ah! Y unos calcetines y unos guantes a juego con la bufanda, así se verá muy bien cuando se ponga las deportivas y los vaqueros de pescador. Pobre, debería estar tonteando con los chicos de su edad, todavía es casi una niña para verse en estos avatares. La quiero como si fuera la hija que no he tenido.
A Claudia, que está siempre seria y apenas se comunica —no sabemos que le ha pasado—, le voy a hacer una chaqueta larga, larga, hasta las rodillas, que parezca un abrigo, para que cuando vaya a trabajar no pase frío, que me parece que anda un poco falta de ropa calentita. Mientras tejo y ella mira la televisión, me gustaría charlar un rato, pero no me atrevo a decirle nada. A lo mejor, cuando le dé el regalo, rompe el mutismo y se decide a hablarme. Estaría bien, sería bueno, sobre todo para ella, porque me da que no tiene a nadie, pues, a no ser que la hayan visitado en estos días que estoy fuera, nunca he visto que alguien viniera a verla. Como es hondureña puede que no tenga familiares aquí, mayor motivo para que se abra un poco y haga amigas. En fin, le daré tiempo.
Nadie me obliga, nadie me lo ha pedido, pero yo siento la necesidad de tejer y tejer, de tener las manos ocupadas, como antes lo hice con el ganchillo y el punto de cruz. Es la única forma de controlar la anarquía de mis nervios. Además, no sé hacer otra cosa.
Las compañeras, al igual que mi hermana, parece que me entienden, porque no se ríen cuando me ven, en cualquier lugar, inmersa en mi quehacer. Tengo mucho que agradecerle a Isabel, desde que lo supo se está ocupando de mí, debía de haber hablado con ella desde el principio, y no permanecer callada como si nada pasara. Ahora me ha traído a la playa para que me distraiga. Lo ha pagado todo. ¡Dios mío, lo que le habrá costado este apartamento! Yo hace mucho tiempo —desde que me casé— que no sé lo que es disponer de dinero. Ya, ya me costaba sisar a mi marido para conseguir mis lanas y mis hilos, prefería quedarme sin comer antes que renunciar a ellos. Él no se daba cuenta, ¡cómo casi nunca estaba en casa! Mejor así, porque el frecuentador de bares, cuando llegaba de “clase”, como él decía —ningún día perdonaba la lección—, nunca sabía por donde me iba a salir.
Me dicen, que cuando vuelva a trabajar, recuperaré por fin mi soberanía, y volveré a ser la que era, pero con más experiencia de la vida. Me gustaría mucho que así fuera, aunque…, lo veo todo tan lejano...
En estos momentos me siento mejor, pero hoy he sufrido mucho durante dos horas. Pertrechada debajo de la sombrilla no me atrevía a sacar las agujas. Me decía: “Carmen ¿qué haces en pleno verano, con cuarenta grados, en la playa, y tejiendo en lugar de bañarte y tomar el sol? ¿No pensará la gente que estás chiflada?” Y esta reflexión me frenaba, aunque me repetía: “Me voy a retrasar, ya podía haber adelantado un montón. Por mucho que lo quiera  recuperar luego, me va a ser imposible terminar lo que planeaba hacer hoy”.
Cómo tampoco puedo leer… ¡con lo que antes me gustaba! Cuando estaba soltera y empezaba una novela, si me enganchaba a ella ya no paraba hasta terminarla, a veces pillaba una verdadera indigestión de letras. Pero ahora, ahora no consigo centrarme en nada que no sean mis labores, sólo ellas me calman y logran que me olvide del resto.
¡Dos horas! No he conseguido relajarme hasta que ha llegado esa señora encantadora que está sentada a mi derecha. Cuando la vi sacar de la bolsa su labor  me dije: “¡Ah! Pues si ella lo hace yo también. Estoy salvada, ya no soy la única”. Y me he puesto a tejer como una descosida. Mi vecina playera me ha dirigido una mirada de complicidad y me ha sonreído. Isabel se ha limitado a mirarme de reojo y no ha dicho nada. Tampoco me suelta  reproches cuando me ve tejiendo en el aseo, en la cocina, en el parque…                                                                                                          ...continua 

lunes, 31 de octubre de 2011

DOMINADOR DE VOLUNTADES


Aún no ha amanecido y nota una punzada en el estómago. Se levanta, va a la cocina y coge una manzana. Cuando sólo se ha comido la mitad, siente que no puede terminársela, el hambre se ha esfumado como el humo de un cigarrillo. A continuación, comienza con la liturgia de todos los días.
Acto seguido, una nueva punzada, pero esta vez en el pecho, le atora en parte los pulmones. Le falta el aire, y ante la falta de oxígeno su cuerpo se estremece, grita, y tiene que sentarse en el taburete.  Se inclina, y con las manos a ambos lados de la cara quisiera gritar al enemigo de este cuerpo suyo: “Maldito, maldito demonio, embaucador de mentes, dominador de voluntades, ávido torturador, y cruel carcelero. ¿Cuándo me dejarás libre? Eres tan retorcido y bribón que hasta has aprendido a engañar a mi estómago, porque no, no tenía hambre, y como  no podías esperar, te has inventado esta argucia para que acudiera a la cita que siempre tengo después contigo”.
Y con el llanto contenido le grita a su verdugo: “La lucha ha comenzado, empiezo con el primer y firme propósito de no fumar hasta que no haya desayunado”.


sábado, 30 de julio de 2011

DESCUBRIENDO

El fuerte viento que soplaba de frente retardaba sus pasos. En el suelo, boca arriba, un polluelo de gorrión que el aire había arrancado del nido, tratando de darse la vuelta, movía desesperado sus patitas.
Lo cogió y acurró en sus manos, y al instante expiró, dedujo entonces, que el pataleo de hacía unos momentos eran los estertores de la muerte.
-Abuela, ¿lo puedo tocar?
-Claro, mi niño, y cogerlo también.
-Le voy a cuidar y dar de comer.
-No puedes, cariño, está muerto.
El niño no entendía muy bien lo que su abuela le decía, por eso, cuando llegaron a casa le guardó en una caja. Al día siguiente al levantarse fue a buscar al pajarito y no lo encontró, su abuela lo había hecho desaparecer.
-Pero yo quería cuidarle.
-Ya te dije, mi niño, que estaba muerto.
-¿Y ya no come?
-No, ya no come, ya no hace nada, y si lo dejamos en la caja pronto olerá mal.
El niño se quedó pensando unos momentos.
-Abuela, me gustaría volar.
-¿Para ver el mundo desde arriba?
-Sí, y por más cosas. No me quiero morir
Intentando comprender lo que el nieto había querido decir, la que meditaba ahora era la abuela.
-¿Quieres volar para huir de la muerte?
-Eso es, abuelita, porque si vuelo muy rápido no me puede alcanzar, que yo no me quiero morir nunca.
La abuela le atrajo hacia su pecho, le acarició la cabeza y le estampó un beso.

domingo, 10 de abril de 2011

LA ABUELA KIKA (III)


Lo que la abuela me contaba era fabuloso, extraordinario, fantástico, increíble. El horror primero, dio paso en mí al asombro, y a un mayor interés. Hablaría largo y tendido con ella, un día y otro día, hasta empaparme de todo, hasta penetrar en esa extraordinaria verdad y hacerla mía. La admiraba, admiraba al género humano ¡Qué maravillosos seríamos! ¡Qué fantástico sería trasladarse de un lugar a otro solamente con el poder de la mente! Además, descubierta esta mina, las posibilidades para un futuro serían inagotables. Sorbía sus palabras, me deleitaba escuchándola, y pensaba que, si su mente inculta había conseguido esto, ¡qué no conseguiría una mente cultivada! 

Ella seguía con sus explicaciones, y yo con mis reflexiones mentales, cuando, parándome en seco, observé que los demás no le prestaban atención.
—Abuela ¿por qué los demás no parecen extrañados? ¿Acaso no te ven? —pregunté intrigada.
—Sí, sí que me ven, pero al no encontrar una explicación convincente a mi presencia, prefieren ignorarme, para ellos yo ya estoy muerta, no existo.
—No, eso no es posible, vamos a hablarles, cuéntales todo, como has hecho conmigo.
—Inútil, todo sería inútil —contestó con tono de resignación.
—No abuela, no lo creo, verás, yo les hablaré: “Mamá, tíos, mirad, es la abuela, que alegría, ved todos, está viva”.
—Sobrina, haz el favor de no gastar bromas, a la abuela la enterramos ayer, y si no quieres ayudar, lo menos que puedes hacer es callarte y no molestar —me amonestó la pequeña de las hijas de mi abuela.
Con desesperación en impotencia grité: “¿Es que no la estáis viendo?”
—¡Pero qué poca vergüenza tienes!, si yo fuera tu madre..., ella que tanto te quiso, y tú ahora no tienes el menor respeto por su memoria —volvió a sermonearme mi tía.
Me sentía rota, impotente, cansada, como si hubiese librado una larga batalla en breves momentos. Si la respuesta de todos era la misma ¿qué haría entonces la abuela? No sé qué era peor, si morir enterrada viva o vivir estando muerta para todos. Quizás, cuando ella me explicara todos los detalles, yo intentaría llegar a los científicos, a los hombres y mujeres del saber, seguro que me escucharían y no me darían la espalda. 
—Abuela, esto no puede quedar así, ¿qué harás tú en este mundo existiendo sin existir?, tengo que ayudarte, pero para ello, es preciso que vuelvas a empezar por el principio, punto por punto ¡y no eludas nada diciendo que no lo comprendería!
Se disponía a comenzar su relato cuando...
—Riiiiiiiiiiinnnnnnnnn.
El despertador, como todos los días, sonó de nuevo. Iniciaba una jornada más de trabajo. Perezosamente y con el fresco recuerdo de mi querida abuela en la mente, me dirigí al lavabo. Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando oí el timbre del teléfono. Lo atendió mi madre; después, con toquecitos nervioso en la puerta del aseo me dijo:
—Date prisa, tenemos que marcharnos rápidamente, acaba de llamar desde el pueblo mi hermana Ángela y dice que la abuela ha muerto.



jueves, 7 de abril de 2011

LA ABUELA KIKA (II)




                                                                             

—No, nieta, soy real.
—Entonces... ¿qué pasó?
—Aunque te lo explicara, no podrías entenderlo —seguía sin darle demasiada importancia a mi manifiesto interés.
—¡Cómo que no voy a comprenderlo!

—Me temo que no, ni tú ni nadie —contestó ella.
—Pero es que yo quiero saber —requerí en tono exigente—, no puedes aparecer así, de repente, sin darme ninguna explicación ¡hazte cargo! No me puedo quedar parada, haciendo como si no te hubiese visto ¿algo tendrás que decirme?
—Lo cierto... es que resulta muy difícil explicarlo.
—No importa, tú inténtalo. Te lo repito, no me puedo quedar sin saber qué ha pasado.
—No sé..., dudo...
—¡Inténtalo! ¡Por favor! 
Insistí una y otra vez, supliqué, hasta que no tuvo más remedio que rendirse a mi tenacidad.
—Está bien, aunque sólo sea por la corriente de cariño que siempre hubo entre nosotras, y debido al interés que demuestras, lo voy a intentar. Te ayudará, aunque sólo sea un poquito.
—Estupendo, abuela, te escucho.
—Verás... cuando me vi dentro, ya sabes dónde, comprendí rápidamente que si quería sobrevivir...
—¡Qué? 
Según hablaba en mi mente empezó a perfilarse un pensamiento que, por lo descabellado y absurdo, me negaba a admitir. 
—Lo que te iba diciendo, cuando me vi encerrada sin posibilidad de...
No dejé que terminara la frase, como un escopetazo, la idea abrasadora inicial se concretó, y pensé horrorizada: “¡Viva! ¡La habíamos enterrado viva!”.
—Abuela, ¿qué me estás contando? ¿Es cierto eso que estoy pensando y que no me atrevo a expresar en alto?
—Cierto, así es —contestó sin alterarse.
—Pero... eso es horrible, no puede ser. Y... ¿cómo es que ahora estás aquí? 
Cada vez estaba más sedienta de saber, impaciente reclamaba información.
—Como te decía, cuando me di cuenta de ello, de que me habían enterrado viva, y de que no tenía escapatoria; comprendí que el tiempo, si realmente no quería morir, que me quedaba de vida era mínimo. Dentro del pequeño habitáculo el oxígeno se agotaría pronto, así pues, cada segundo que pasaba adquiría suma importancia. El poder de la mente es enorme, ¡no sabes cuánto! 
Seguía y seguía hablando, con el entendimiento afinado, y con un léxico impropio en ella. Era como si hubiese adquirido de pronto el saber de los grandes genios, cuando, en vida, bueno, en vida pasada, puesto que la tenía frente a mí, nunca había muerto, o mejor decir, un día antes, apenas sabía leer y escribir.
—¿Me escuchas, nieta? —me preguntó viendo que, inmersa en mis cavilaciones creía que me había despistado. Yo asentí con la cabeza—. Como te contaba, cuando tomé conciencia de lo sucedido, en un esfuerzo supremo, que me sería muy difícil explicarte y tú comprender, conseguí, con el poder de mi mente, potenciar la carga positiva de los iones y desintegrar mi cuerpo, para, una vez fuera del nicho, volverlo a integrar. Tuve suerte, porque ayer los rayos cósmicos estaban cargados de mesones y me ayudaron en la integración, de lo contrario, de haber sido un día en el que la presencia del mesón hubiese sido baja, ello no me habría sido posible.


—Abuela, no comprendo nada. ¿Cómo has sabido todo eso que me cuentas?
—Contéstame a una pregunta, ¿tú, ayer, pensante en Plutarco?
—Sí, ahora que lo dices, sí, y es extraño, no sé porqué, pero cuando te estábamos enterrando me acordé de un sueño que tuve hace mucho tiempo y que nunca he podido olvidar, él era el protagonista.
—Ahí está la clave. Es una pena, porque gran parte de sus escritos se han perdido. A Plutarco no se le prestó atención en su época, de haberlo hecho, la humanidad caminaría ahora por otros derroteros. ¿Cuál era la esencia, el núcleo de ese sueño?
—Recuerdo que Plutarco me transmitía las claves del saber, eran tres o cuatro fórmulas que, bien aplicadas, daban respuestas a todas las incógnitas, a todas las preguntas que los sabios se plantean, y que hasta la fecha no han conseguido explicar. Sin embargo, cuando desperté, aunque las recordaba, no tuve la precaución de apuntarlas y en cuestión de segundos se esfumaron de mi mente.
—Pero todo este tiempo han permanecido en tu subconsciente, y tú, sin saberlo, sin darte cuenta, me las transmitiste. Eso fue todo, tu cariño hizo el trabajo. 



Continuará en el III y último capítulo

domingo, 3 de abril de 2011

LA ABUELA KIKA (I)

Para descansar, matar el tiempo, y dar rienda suelta a mis deliberaciones internas sobre ella, me senté un rato a la puerta de su casa, en una de sus sillas, de esas sillas de pueblo con asiento de anea y patas y respaldo de madera pintados de negro. Después de un caluroso día de verano, la tarde tocaba a su fin, y la temperatura se tornaba poco a poco cada vez más suave y agradable. 
Todos sus hijos y nietos, procedentes de distintos lugares de España, habíamos llegado al pueblo para darle el último adiós a la abuela Kika. Me sentía aturdida y oscura. Era el primer ser querido que se me moría, y una sensación nueva y desconocida había anidado dentro de mí. Aún no era consciente de lo sucedido, tanto es así, que busqué con la mirada a la abuela cuando, a la hora del almuerzo, nos reunimos toda la familia en torno a la mesa. Al no encontrarla pregunté: “¿Pero dónde está la...?” 
Como estalactitas formadas súbitamente se me helaron las palabras en los labios; me di cuenta en ese preciso instante de que la habíamos enterrado el día anterior. Y fue entonces cuando me invadió esta extraña sensación; flotaba, toda yo se perdía, se desdoblaba, y como un sueño que se escapa a nuestro control, a mí se me escapaba el momento.
La quería mucho, sin embargo, no la lloré, no pude, perezosas y estáticas mis lágrimas se negaron a aparecer. 
Desde mi puesto en la calle percibía el bullicio que se desarrollaba dentro de la casa. Sus hijas y nueras la desmantelaban; había que dejarlo todo ordenado antes de que nos marchásemos a nuestros respectivos lugares de origen. Los baúles y las arcas de la abuela eran abiertos para ver su contenido: “Esto vale, esto no —comentaban entre ellas—, aquello se lo damos a tal o cual persona, puede que lo necesite”. Tiraban lo que consideraban que no servía y apartaban lo que creían que sí. El trasiego dentro era tremendo, y resultaba difícil trasladarse de un lado a otro sin pisar la multitud de cosas que se amontonaban por los suelos. “Mañana desinfectaremos y fregaremos bien toda la casa.” —oí decir a una de sus hijas.
Y yo, mientras tanto, escarba que escarba en su recuerdo, que se me había pegado al alma como, cuando era niña, se me pegaba a las manos la resina de las jaras.

¿Recuerdos? Sí, la abuela ya era el recuerdo, mi recuerdo, mis recuerdos de ella, que eran muchos. Habían transcurrido solamente unas horas, apenas un día, y en un abrir y cerrar de ojos, mi presente con la abuela, pasó definitivamente a ser mi pasado con ella.
Fui su primera nieta y también su preferida. “Vecinas ¡he tenido una nieta preciosa!, ¡he tenido una nieta preciosa!”, pregonaba regodeándose por la mañana temprano el día  que yo nací. 


Durante años pasé largas temporadas con mi abuela. Era alumna aplicada y mis padres no querían que perdiese ningún día de colegio; así qué —hasta que emigramos—, mientras ellos terminaban la recolección de los campos, o iniciaban una nueva siembra, yo me quedaba con ella. 
Aunque no fui una chiquilla traviesa en algún momento, siendo muy niña, debí de hacerle alguna trastada: “Como suba te voy a patear el mondongo”, —me gritaba un día desde el zaguán—. ¡Extraña palabra la de mondongo!, nunca la había oído. Me tuvo preocupada varios días. ¿Qué significaría? “¿A lo mejor es algo raro? Quizás sean cosas de mayores, cosas que sólo ellos saben”, me contesté. En fin, fuera lo que fuese, me cuidé muy bien de no volver a hacer ninguna fechoría, por si a la abuela se le ocurría patearme esa cosa rara que yo tenía, y que no sabía muy bien lo que era.
La actividad seguía dentro de la casa, cansada de estar sentada, decidí entrar un momento. Subí al segundo piso, volví a bajar, subí de nuevo, entré en una de las habitaciones, luego en otra. Deambulaba de un lado a otro, no sabía en qué ocupar mi tiempo que parecía haberse detenido. Aquel no saber qué hacer me abrumaba. De pronto, entre todo el bullicio, ¡la vi... sí, la vi, vi a la abuela! ¡No era posible! Me froté los ojos y miré de nuevo; seguía allí en medio de aquel gran alboroto, alboroto motivado por su muerte, y en el que ahora ella también participaba. Parecía tener más vitalidad, más agilidad que antes de morir ¿Digo de morir? No, de morir no, yo la estaba viendo viva. ¡No salía de mi asombro! ¡No podía ser! Pocas horas antes había visto como la metían en el ataúd, como la bajaban por la espinada escalera que conduce del dormitorio al zaguán, como el coche mortuorio se la llevó, como el sacerdote dijo sus últimas oraciones por ella, y vi, también, como la metían en el nicho recién construido. Necesitaba una explicación urgente, tenía que preguntar, preguntarle a ella, que me dijera lo que había pasado, el porqué de su presencia allí, y que me aclarara, también, por qué los demás no parecían darse cuenta. Empecé a apartar muebles, cacharros, ropa, trastos, todo lo que nos separaba y que me impedía llegar hasta donde se encontraba. 
Después de una intensa lucha contra todo lo que obstaculizaba mis propósitos, conseguí acercarme palpitante y emociona a su lado.
—¿Pero abuela, tú no estabas...? —pregunté con el alma en vilo.
—Sí nieta, pero... ¿ya ves? —me respondió sin demasiado entusiasmo.
—No entiendo nada ¿qué ha pasado? Abuela, abuela querida, yo..., yo he visto como te enterraban ¿por qué ahora estás aquí? ¿Son acaso figuraciones mías?

                                                                                                           continuará...

sábado, 26 de marzo de 2011

DOS DESTINOS


Caminaba pisando fuerte, segura de quien era y de lo que quería. Sus tacones retumbaban en el asfalto con poderío (casi insolente) de mujer libre.
Aminoró el paso cuando divisó a la pareja de lejos. El impulso insólito de la sangre la tiró del corazón, e  hizo, que de pronto, el resto de las personas que se movían a su alrededor desaparecieran, y su mirada se posara sólo en las dos figuras que avanzaban de frente. En ese momento no lo entendió.
Él con chanclas, bermudas y camiseta, como cualquier turista mas. Ella…, era toda velos.
Le  dio un vuelco el corazón cuando sus ojos se cruzaron con los ojos negros y profundos de ella, que, a pesar de su hermosura, quiso imaginar, o intuyó, que eran tristes. Hubiese querido colarse furtiva por esas ventanas, explorar sus pensamientos, y empezar a quitar  poco a poco y con delicadeza todos los velos negros con los que, nada mas nacer, fueron envolviendo su espíritu, esos que no le dejaban ver ni sentir la grandeza de la vida y de ser mujer.  
Había dejado atrás a la pareja cuando un flash le iluminó el recuerdo lejano de un viaje familiar a la tierra de su madre. ¡Esos ojos los conozco!, se dijo, son los mismos de mi abuela. Suerte la mía que mi padre es europeo, pero el alma se le encogió aún más pensando en la otra.   

jueves, 3 de marzo de 2011

PROVOCANDO A LOS SENTIDOS


Era un día delicioso de finales de primavera, e iba tranquila paseando por las distintas salas del museo. Inesperadamente, al posar mis ojos en él, una ráfaga de frío que parecía que me los iba a convertir en escarcha, me penetró en los huesos, hasta el aliento lo sentí helado.
Todo era perfecto y todos en su conjunto y por separado me transmitieron tan intensa sensación: el fondo lejano y oscuro como una peineta en el horizonte; los árboles desnudos, indefensos y escorados por los violentos empellones; el asno hundido hasta las corvas en la nieve, enfrentándose a la carga y las inclemencias del tiempo, y las personas inclinadas para no ver, porque con sentirlo ya les era suficiente. ¡Hasta el perro resguardaba el rabo de tan gigantesca ira!
Y yo lo olfateaba, mi lengua chasqueaba, el vello de los brazos se me erizaba, y mis oídos escuchaban el blasfemar del viento.  

                                                  El Invierno, de Francisco de Goya

domingo, 20 de febrero de 2011

LA ESPERA



   Anochecía. Despertaban las primeras estrellas mientras seguía sentada en la terraza dándole vueltas a su cabeza, esperando que sucediera lo que durante tanto tiempo había deseado. Intuía que había llegado el momento, sin embargo, nunca imaginó que fuese de esa forma. Cortando por un instante el hilo de sus pensamientos, fue al dormitorio a buscar algo con qué cubrir su espalda, empezaba refrescar y no quería enfriarse.
Instalada de nuevo en la silla que tantas veces compartió con ella las noches de vigilia, retomó sus ideas. Recordaba situaciones similares a aquella, noches en las que, harta de bregar con el insomnio, envuelta en una manta para amortiguar el frío y con la desazón que le calaba hasta los huesos, esperaba su llegada en el balcón. Su llegada, o noticias traicioneras, que su mente, en un afán engañoso de justificar su tardanza, elaboraba. ¡Siempre noticias! Las que fueran, pero noticias, porque la incertidumbre consume y aprieta más que el conocimiento de los hechos. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, con un reguero de inquietud en el alma y mirando el reloj a cada instante que, ajeno a sus angustias seguía impertérrito y perezoso devorando los momentos de su espera, pasaba las noches.
Incapaz de enhebrar las ideas, pero con los sentidos agudizados, percibía cualquier signo que le indicara que su presencia era inminente: distinguía en la lejanía el ruido del motor de su coche, sus pasos a tres manzanas, y, a veces, hasta el olor de su cuerpo que, reptando por el aire llegaba hasta ella como una aleteo de mariposas.
Cierto que su espera y su inquietud de ahora, nada tenían que ver con las anteriores, pero al fin y al cabo estaba en la misma situación, aunque por motivos distintos. Hacía tres días que no sabía nada de él. Una mañana dijo: “Hasta luego”, y ya no volvió. Se quedó sin saber qué hacer. No era la primera vez que faltaba una noche, nunca tres, y si bien a veces lo hacía en no muy buenas condiciones, siempre aparecía a la mañana siguiente.
El domicilio conyugal era suyo, y cuando le pidió la separación e interpuso la correspondiente demanda, él se negó a marcharse, contestó que lo haría cuando el juez así lo dictaminara. La justicia es lenta, y durante más de un año se vi obligada a una convivencia matrimonial (con todas sus implicaciones) que detestaba, ocultando a su familia lo que pasaba, con el miedo metido en el cuerpo, temiendo por su vida, y temiendo sobre todo, que un día, al llegar del trabajo, hubiese desaparecido llevándose a su hija. Esta última amenaza que él repetía a menudo, era la que le impedía participar a sus padres y hermanos lo que estaba sucediendo. Calladamente, pero resuelta y firme en su decisión, esperaba a que por fin la justicia actuara de una puñetera vez. Involucrar a los suyos sólo hubiese contribuido a complicar más las cosas. ¡Por fin se había marchado! Pero... ¿qué tenía que hacer ahora? ¿Denunciar su desaparición o no? Se había marchado con lo puesto, sin llevarse ninguno de sus enseres. Camorrista y provocador, cabía la posibilidad de que le hubiese pasado algo, si no denunciaba la policía podría preguntarla por qué. Por otro lado, ¿qué sentido tenía hacer tal denuncia si estaba esperando que el juez dictase las medidas provisionales? ¿Y la puerta…? ¿Echaba la llave o no? Si se presentaba, la encontraba cerrada y no podía entrar, seguro que armaría un escándalo, pero si no la cerraba y llegaba borracho cuando estuviese dormida, ¿qué le podía pasar? Mejor esperaba despierta.
Hizo varias incursiones al frigorífico, porque de pronto le apretaba el hambre y se comía lo primero que pillaba, pero al rato, su siguiente visita era al cuarto de baño para desprenderse de la ingente cantidad de alimentos que había devorado.
Por comentarios que había hecho al azar, tenía una ligera sospecha de cual podría ser su paradero. Pidió a un amigo común que hiciera unas gestiones, y allí estaba, esperando, bien para verle aparecer, o a que una llamada telefónica terminara con la angustia que tal incertidumbre la producía.
Cuando sonó el teléfono, se despejaron todas sus dudas. El amigo le confirmó que el mismo día de su desaparición, había salido con destino a Rota, incorporado a la Legión por cuatro años.
¡Bien! ¡Por fin podía descansar!, y echar cincuenta vueltas a la puerta de su casa y cien a las ansiedades y zozobras enquistadas de los últimos años. Cerradas y bien cerradas ambas, para que la paz y el sosiego inundasen su hogar y su espíritu.

lunes, 14 de febrero de 2011

AMADA CONCIENCIA












Ayer, se consumó tu traición,
se me quebró el cántaro
donde saciaba mi sed,
y se apagaron mis ojos de charol.
Y pensaba…
si ya no me quedan fuerzas
y no tengo mirada,
¿cómo y dónde voy a beber?

Hoy  me he concedido una bula,
dejé de rumiar mis congojas
y me sorbí las lágrimas
que mullían mi desconsuelo.
Se me relajaron los humores,
y al final...
casi sin saber como
se me quedó el ánimo despreocupado.


jueves, 10 de febrero de 2011

ASCO


Me repugnaba su boca inundada de ensaladilla rusa, la mahonesa le resbalaba por las comisuras de los labios, y reía tontamente, y en esa risa necia y torpe, abría, hasta parecer una embocadura lechosa, su bocaza. La cerraba,  y después sacaba la lengua hasta la barbilla, para relamer con ligereza los restos alimenticios.

Y volvía a reír y a comer, a rebosarle de nuevo la crema blanquecina, que a veces, sin obstáculo de servilleta, en su recorrido mandibular, resbalaba, para caer como cuajarones blancos en el plato. Y a mi me daba asco y nauseas y se me esfumaba el apetito, y me ponía nerviosa esa lengua de culebra, que como un relámpago embestía y rebañaba.
En esos momentos, viéndole babosear mayonesa, toda su lucidez mental se anulaba.

miércoles, 2 de febrero de 2011

CONFESIÓN INESPERADA

Todavía me siguen enamorando sus ojos, y lo seguirán haciendo, si es que ello fuese posible, por toda la eternidad. Ojos llenos de grandeza, por los que se le cuelan hasta los pensamientos, que yo, gozoso, recojo, como lo haría un buscador  de oro al encontrar pepitas en su batea.
¡Qué fácil resulta todo ahora con ella! Sólo hay que mirarla para saber si está  enfadada, alegre, triste…, o si el cansancio le  ha colonizado hasta la mirada.
Pero entonces, aquel día del mes de julio, yo andaba más encogido que un girasol después de la puesta del sol, o un papel de papelera estrujado. Cuando me citó en su casa para que escogiera los libros que me apeteciese, las piernas me temblaban más que un junco zarandeado por el viento.
No divisé disgusto ni reproches en su expresión cuando no supe estar a la altura del buen hacer de un hombre, pero no podía dejar pasar el momento sin una explicación. Mi vergüenza era tal, que tuve que hacer un formidable esfuerzo para aflojar las palabras agarrotadas en mi garganta.
—Es la primera vez que estoy con una mujer.
Meditó unos momentos, y extrañada me preguntó:
—¿Cómo es eso posible a tus treinta y cinco años?
—Hace poco que dejé de ejercer de cura. ¿Quieres ser mi maestra?

jueves, 27 de enero de 2011

MENTE PRODIGIOSA

Habían pasado veinte años  y tuvo que hacer un esfuerzo para recordar lo que había ocurrido dentro de la habitación 426 del hotel. Escarbó en su memoria hasta recuperar el momento. Todo aquello había durado demasiado, ya era hora de ponerle fin.

En su ingenuidad adolescente creyó lo que él quiso contarle, y se entregó a su  primera intimidad con toda la generosidad de que era capaz. En realidad su primera mentira no le dolió tanto, se lo imaginaba, los pequeños detalles le habían delatado. Le dolió que la mantuviera cuando ella le preguntó si era libre, y, también, comprobar que había sido presa veraniega de cazador profesional de turistas.

Nuestra mente es poderosa, se decía, estaba convencida de que en ocasiones podía existir la transmisión del pensamiento, y de que si algo se deseaba intensamente sin que hubiera el más mínimo resquicio a la duda, ese algo se cumplía. CONVENCIMIENTO Y SEGURIDAD, son las claves, se repetía.

Jugaban como niños en la habitación, él la levantó en alto como si fuese una niña pequeña, reían. Al bajarla, cuando sus bocas estaban a la misma altura, le atrajo hacia si y le empujó suavemente hacia la cama. Comenzó a colmar de caricias su cuerpo de varón que instantáneamente respondió a los estímulos. Ya había aprendido a amar, nada que ver con su primera entrega, su boca y sus manos, expertas ahora, tejían una telaraña de placer en la que él se enredaba sumiso. Ahora eres mío, te tengo en mis manos —pensaba—, el resto del mundo no existe, sólo tu y yo y este momento, y le transmitió la orden: “SERÁS EL CAZADOR CAZADO, NO ME OLVIDARÁS EL RESTO DE TU VIDA”.
Ella no era persona vengativa ni de malos sentimientos, tampoco lo premeditó, le surgió espontáneamente.

A partir de entonces todos los años, sin olvidar ninguno, el primer día de primavera ella recibía la llamada telefónica de él.

Ahora su vida hacía tiempo que había tomado otros caminos, y todo esto se le presentaba tan ausente..., era un recuerdo tan borroso… Decidió liberarlo, no más llamadas.


jueves, 11 de noviembre de 2010

REGALO DE CUMPLEAÑOS

Después de mucho pensarlo, por fin encontré un regalo único; es tan sublime, tan impactante, que se va a quedar sin respiración. Lo recordará toda su vida. No me ha dicho nada aún, pero sé que quiere hablar conmigo. Yo siempre he controlado todas las situaciones, y esta vez no va a ser menos, me adelantaré, y después de la sorpresa ya no podrá decirme nada, ¡seguro que no lo hará!

Al girar la llave en la cerradura sintió que a su cuerpo y a su mente le pesaba el día: demasiados informes, demasiadas reuniones. Además, le dolía bastante el moratón del muslo. Hoy no, hoy no doy para más. Recordó a Escarlata O’hara y se dijo: “lo pensaré mañana”. Según colgaba el abrigo en la percha de la entrada escuchó un golpe, como el de una silla al caer, supuso que habría sido el gato y no le dio mayor importancia. Fue a darse una ducha. Cuando minutos más tarde entró en el salón y vio la cuerda colgando de la lámpara con el cuerpo al otro extremo balanceándose todavía, sus ojos se abrieron exageradamente y un grito se agarrotó en su garganta. 
Ya no seré divorciada, seré viuda, pensó.


jueves, 7 de octubre de 2010

OBSERVANDO A LOS COMENSALES (RELATO)

“Las mismas caras de siempre, los mismos comensales. No, ¡qué va! Allí, cercano a la puerta de entrada, creo ver un rostro nuevo, desconocido para mí. Será alguien que al pasar por delante del restaurante vio el menú, le apeteció, y decidió entrar. Por lo demás, somos los de siempre. Creo que ésta es la hora de la tercera edad, y la del primer turno de los empleados del supermercado de al lado. Principalmente la de la tercera edad; sí, la de la tercera edad, porque vienen hombres y mujeres solos y algunos matrimonios, todos ellos entraditos en años. Claro, que la comida sencilla y casera a un módico precio es un buen aliciente, de lo contrario, su paga de jubilados no les permitiría este pequeño lujo (por llamarlo de alguna manera), así se evitan comprar, cocinar y limpiar, y como viven cerca, apenas tienen que desplazarse de sus hogares unos cuantos metros. ¡Qué madrugadores son! Es temprano aún y algunos están llegando ya a los postres. Ya entiendo, aparecen por el restaurante antes de que lleguen los empleados de los negocios cercanos. Me reafirmo en mi idea: decididamente es la hora de la tercera edad. Esa tercera edad, que ahora, por suerte, está por todas partes, allá donde vaya los encuentro, lo copan todo. ¿Qué voy a una cafetería? Allí están ellos. ¿Qué al teatro? Pues también. ¿Qué a una discoteca? Los primeros. La verdad es que cuando salgo, me encuentro: jóvenes yogures o efebos sexagenarios. ¡Bien por la tercera edad! Pero... ¡dónde están los de mediana edad! En casita, con la mujer y los niños, supongo. A veces me siento como el garbanzo negro del cocido; no, esa comparación no me gusta; mejor... como amapola en un campo de margaritas: marcando la nota.
”¡Vaya! Hoy el menú parece especial. Quizás he mirado el más caro. ¿A ver? Pues no, no me he equivocado. ¡Qué bien, ahora no sé qué pedir? Una no está acostumbrada a estos lujos”.
-¿ Ha decidido ya la señora o señorita lo que va a tomar?
-Sí: arroz marinera y lubina al horno.
-¿Con ensalada?
-¿Con qué viene la lubina?
-Con unas patatitas al horno que están deliciosas.
-Pues entonces con patatas, así sí me gustan, fritas... no tanto, por eso a veces pido ensalada de guarnición.
-¿El agüita de siempre?
-Sí, claro, pero hoy del tiempo, por favor.
“ Siempre la misma pregunta. Llevo más de un año viniendo a comer aquí, y todos los días me hace la misma preguntita: “¿Señora o señorita?”. Pues me temo que tendrá que seguir haciéndola por mucho tiempo, no tengo intención ni ganas de contestarla y aclarar sus dudas. ¿Por qué tanto interés si está casado y tiene hijos?”.
-Paco, por favor, ¿me cambiarías el pan? Prefiero el de barra.
-Por supuesto, ¿no faltaría más?
“La señora Teresa en su mesa de siempre, ella, al igual que yo, busca sentarse al fondo de la sala, donde los camareros en su ir y venir no nos molestan; además, desde nuestras respectivas mesas oteamos al resto de los comensales. La verdad es que tiene un toque especial de distinción en sus gestos, el tono de su voz es suave y se expresa con un léxico bastante culto. Parece que hoy no come sola, la acompaña otra señora amiga suya que ya ha venido en alguna que otra ocasión. Están conversando en francés, bueno, y en español también. ¡Con qué facilidad pasan de un idioma a otro!
”No quiero reírme de aquella otra señora que está sentada con su marido en la mesa contigua a la de la señora Teresa, es tan pequeñita, que la barbilla se le queda casi a la altura del plato. No quiero reírme, no, porque entre otras cosas, me recuerda a mi abuela materna. ¡Cuánto quería a mi abuela Kika! Y aunque había cosillas de ella que me hacían sonreír, le tenía un gran respeto. Pero claro, es que es muy fácil sonreírse cuando la recuerdo bamboleando sus piernas en los asientos del metro: adelante y atrás, adelante y atrás, adelante y... Era tan bajita que sus pies no tocaban el suelo. ¡Qué ternura me inspiraba cuando la veía jugar con sus piernas como si fuese una niña pequeña!
”Ahora llega el matrimonio Canales. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué simpática es la señora María! Sus comentarios me hacen a veces reír, para mis adentros, claro, no vaya a pensar el resto de los comensales que estoy medio loca, pero hay que reconocer que viste un humor excelente. Su ceguera física no le impide ver el mundo con alegría, debería de plagiarla un poco, y en lugar de a veces verlo todo gris, mirar mi vida como si lo hiciera a través de un calidoscopio. Como siempre, su marido, que no ha perdido por completo la visión, es su guía, su lazarillo complaciente. También el camarero suele ser atento con ella. “Siéntese en la silla señora María”. “Pues claro hijo, es lo suyo, no me voy a sentar en la mesa y me vas a servir en la silla”. ¡Qué respuesta la de la señora María! ¡Y como lleva su deficiencia! ¡Siempre con su extraordinario buen humor! Sus comentarios jocosos lo dicen todo, tanto el de hoy como el del otro día, cuando le dijo Paco: “Señora María, las judías de hoy están buenísimas”. Y ella le contestó: “No, creo que no las voy a tomar, les he visto la cara y no tienen buena pinta”. Ignoro quién la vestirá y peinará, lo cierto es que siempre va impecable, quien quiera que lo haga, sabe elegir con buen gusto y criterio todo lo que la favorece.
”No entiendo cómo el señor Jacinto, “El Poeta de Cuatro Caminos”, como él se define, viene a comer solo y no lo hace con su mujer. Dice que se está quedando ciega por culpa de la diabetes, y todos los días, después de comer él, le lleva la comida a casa. ¡Peor está la señora María que ya es ciega total!, y... ¡aquí la tenemos día tras día! Que razón tiene el refrán que dice: “Querer es poder”. A mí me parece que al señor Jacinto le gusta ir de mártir, que bajo ese manto de optimismo, en el fondo, lo que le gusta es hacerse la víctima. “Pobrecita mi mujer, se está quedando ciega, y aquí estoy yo, teniéndole que llevar la comida cada día”.¡Siempre con la misma canción! En un principio, cuando le conocí, me cayó bien, pero ahora ya me cansa; me cansa su cantinela, sus amplios conocimientos de historia, que diariamente y como un papagayo nos larga a todos, y sus poemas sencillos y repetitivos que me recita (siempre los mismos) cuando me ve aparecer. Pegado a sus temas, no escucha, no sabe escuchar, sólo quiere que le oigan, le digas lo que le digas da igual, el sigue machaconamente con sus cosas. “¿Y a que no sabe usted que en un principio Marruecos estaba dividido en dos provincias imperiales? ¿Y a que tampoco sabe por qué Carlos V eligió Yuste para su retiro? ¿Y a que no sabe...?”. ¡Con lo agradable que sería conversar con él si también supiese escuchar!
”Esto de comer sola todos los días –que por cierto es aburridísimo- da para mucho. Observar a los comensales, por ejemplo. ¡Cuán distintos somos todos y cuán variedad de comportamientos observamos cada uno ante la mesa! El problema surge cuando tengo un mal día, entonces pongo a trabajar al coco, y absorta en el tema que me ocupa, no me entero ni de lo que como. Hurga que hurga en el mismo asunto, y... hablando de hurgar, ya tengo otra vez enfrente a la parejita de ayer, seguro que él repite la faena y seguro que de nuevo me revuelve el estómago. Ella está sentada de espaldas a mí, apenas veo el perfil de su rostro, parece sencilla, normalita, ayer no me fijé. Lo primero que ven mis ojos al levantarlos del plato, es a él y a sus gordas gafas, con cristales de culo de botella; gordas y grandes, que se escapan por los lados de su estrecha frente, y que contrasta con su ancha mandíbula y su enorme papada. Ni siquiera se ha quitado para comer la cazadora de cuello de piel moutón, dentro del cual sepulta su corto cogote. Con la servilleta en ristre, a modo de babero, igual que ayer, para que no se manche su abultado abdomen, tan prominente que no le permite acercarse debidamente al plato. ¡Vaya! Ya les han servido el postre: un delicioso trozo de tarta. Llena la cucharilla hasta rebosar los bordes de la misma; me temo, que en un descuido, parte de la tarta va a saltar desafiante sobre su rostro. No quiero seguir mirando, porque sé lo que viene detrás, sin embargo, sin darme cuenta y como por inercia, entre cucharada y cucharada, me encuentro de nuevo observándole con curiosidad. Sí, decididamente no quiero mirarle más, buscaré otro punto de atención. Por aquella esquina del local hay un señor de mediana edad, no está mal, ¡poquitos de esa especie se ven por aquí! Barbita algo canosa y bien perfilada, modales delicados y estatura mediana, supongo, lo deduzco por la distancia que su tenedor tiene que recorrer del plato a la boca.
”¡Este arroz calentito me ha arreglado el cuerpo!... Ya ha terminado su tarta, rebaña y limpia el plato, ¡que no se escape ni una miaja! Chupetea varias veces la cucharilla, ¡seguro que le saca sabor y gusto hasta al metal de la misma! Por fin terminó de comer y llega el momento de la limpieza. ¡Ahora sí que empieza la faena! Se retira la servilleta que le ha servido de babero, la dobla cuidadosamente formando un cuadrado perfecto, y empezando por una de las comisuras de la boca y apretando, bordea los labios con ella hasta llegar al punto de partida. Vuelta a empezar, pero esta vez en dirección contraria. Insiste una y otra vez, y para que no quede ningún rastro de comida, en su recorrido incluye también la nariz. ¡Dios! Ahora busca el palillero. Lo tiene a su lado derecho y no lo localiza, ¡por fin!, ¡lo encontró! ¡Ya sí que llegamos al momento cumbre! Mejor no miro”.
-¿Terminó?, ¿le traigo el segundo?
-Sí, gracias.
“¡Toma! ¡Menuda paliza le está dando al palillo! Escarba primero por el lado izquierdo, entre diente y diente; se lo saca de la boca, mira el palillo impregnado de restos de comida y los chupa. Nueva incursión, ahora hacia el lado derecho, y nuevo chupar. ¡Quia! ¡Qué mala suerte!, se le rompió la herramienta de trabajo. Toma un nuevo palillo, lo mira, parece que éste es más consistente, y nuevamente a la tarea.”
-Su lubina.
-Gracias Paco.
“¡Humm! ¡Qué bien huele!... ¡Pues está deliciosa! Voy a concentrarme en esta apetitosa comida y no voy a levantar los ojos del plato, porque es seguro que mi vecino de la mesa de enfrente sigue concentrado en el aseo de su máquina trituradora. ¡A ver! ¿En qué pienso? En el trabajo no, que me invade la inquietud, he dejado tantos asuntos pendientes, que me entran las prisas con sólo con pensar en ello, y al final, tonta de mí, con tal de acabar pronto de comer y volar a solucionarlos, no saborearía este delicioso manjar. ¿Qué es ese escándalo que viene del otro lado del restaurante? Ah, ya, el niñato del super, el de los recados, pobrecillo, se le nota que es un poquito corto de luces; disfruta llamando la atención tontamente, y sus compañeros de trabajo le ríen las gracias. ¡Pues... maldita la gracia que me hace a mí! El día que llegué un poquito más tarde de lo acostumbrado, y mi mesa estaba ocupada, me senté cerca de ellos, y... ¡menuda comida me dio la criaturita!
”El del palillo ha soltado la herramienta, parece que no le es suficiente, ahora, con la palma de la mano hacia arriba, se mete el dedo índice de la mano derecha en la boca y busca y rebusca algo que se le resiste, probablemente algún resto de comida que se le enganchó en la prótesis dental. ¡Menos mal! Ya solucionó el problema, porque chupándose el dedo, se lo saca de la boca y lo limpia con la servilleta.

”Después de contemplar la escena que me ha brindado el ocupante de la mesa de enfrente, se me ocurre pensar, que yo hago lo mismo con mis tristezas. Son muchas las veces en las cuales me complazco en hurgar en ellas, y cual palillo, dirijo el hilo de mis pensamientos hasta los más intrincados recovecos de mi alma y las remuevo, me las saco, las miro, me las chupo y me las trago. En esta acción de falsa limpieza se me quedan restos por doquier, a esos restos se le adhieren otros, y entonces, socavando mi equilibrio interno, el espíritu se me llena de caries y sarro. Para limpiar estas inmundicias, voy a procurarme el mejor cepillo y el mejor dentífrico, y voy a emplearlos con ahínco, y, si a pesar de todo, ello no basta, le pediré al mejor especialista que encuentre, que me limpie el alma”.