domingo, 10 de abril de 2011

LA ABUELA KIKA (III)


Lo que la abuela me contaba era fabuloso, extraordinario, fantástico, increíble. El horror primero, dio paso en mí al asombro, y a un mayor interés. Hablaría largo y tendido con ella, un día y otro día, hasta empaparme de todo, hasta penetrar en esa extraordinaria verdad y hacerla mía. La admiraba, admiraba al género humano ¡Qué maravillosos seríamos! ¡Qué fantástico sería trasladarse de un lugar a otro solamente con el poder de la mente! Además, descubierta esta mina, las posibilidades para un futuro serían inagotables. Sorbía sus palabras, me deleitaba escuchándola, y pensaba que, si su mente inculta había conseguido esto, ¡qué no conseguiría una mente cultivada! 

Ella seguía con sus explicaciones, y yo con mis reflexiones mentales, cuando, parándome en seco, observé que los demás no le prestaban atención.
—Abuela ¿por qué los demás no parecen extrañados? ¿Acaso no te ven? —pregunté intrigada.
—Sí, sí que me ven, pero al no encontrar una explicación convincente a mi presencia, prefieren ignorarme, para ellos yo ya estoy muerta, no existo.
—No, eso no es posible, vamos a hablarles, cuéntales todo, como has hecho conmigo.
—Inútil, todo sería inútil —contestó con tono de resignación.
—No abuela, no lo creo, verás, yo les hablaré: “Mamá, tíos, mirad, es la abuela, que alegría, ved todos, está viva”.
—Sobrina, haz el favor de no gastar bromas, a la abuela la enterramos ayer, y si no quieres ayudar, lo menos que puedes hacer es callarte y no molestar —me amonestó la pequeña de las hijas de mi abuela.
Con desesperación en impotencia grité: “¿Es que no la estáis viendo?”
—¡Pero qué poca vergüenza tienes!, si yo fuera tu madre..., ella que tanto te quiso, y tú ahora no tienes el menor respeto por su memoria —volvió a sermonearme mi tía.
Me sentía rota, impotente, cansada, como si hubiese librado una larga batalla en breves momentos. Si la respuesta de todos era la misma ¿qué haría entonces la abuela? No sé qué era peor, si morir enterrada viva o vivir estando muerta para todos. Quizás, cuando ella me explicara todos los detalles, yo intentaría llegar a los científicos, a los hombres y mujeres del saber, seguro que me escucharían y no me darían la espalda. 
—Abuela, esto no puede quedar así, ¿qué harás tú en este mundo existiendo sin existir?, tengo que ayudarte, pero para ello, es preciso que vuelvas a empezar por el principio, punto por punto ¡y no eludas nada diciendo que no lo comprendería!
Se disponía a comenzar su relato cuando...
—Riiiiiiiiiiinnnnnnnnn.
El despertador, como todos los días, sonó de nuevo. Iniciaba una jornada más de trabajo. Perezosamente y con el fresco recuerdo de mi querida abuela en la mente, me dirigí al lavabo. Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando oí el timbre del teléfono. Lo atendió mi madre; después, con toquecitos nervioso en la puerta del aseo me dijo:
—Date prisa, tenemos que marcharnos rápidamente, acaba de llamar desde el pueblo mi hermana Ángela y dice que la abuela ha muerto.



jueves, 7 de abril de 2011

LA ABUELA KIKA (II)




                                                                             

—No, nieta, soy real.
—Entonces... ¿qué pasó?
—Aunque te lo explicara, no podrías entenderlo —seguía sin darle demasiada importancia a mi manifiesto interés.
—¡Cómo que no voy a comprenderlo!

—Me temo que no, ni tú ni nadie —contestó ella.
—Pero es que yo quiero saber —requerí en tono exigente—, no puedes aparecer así, de repente, sin darme ninguna explicación ¡hazte cargo! No me puedo quedar parada, haciendo como si no te hubiese visto ¿algo tendrás que decirme?
—Lo cierto... es que resulta muy difícil explicarlo.
—No importa, tú inténtalo. Te lo repito, no me puedo quedar sin saber qué ha pasado.
—No sé..., dudo...
—¡Inténtalo! ¡Por favor! 
Insistí una y otra vez, supliqué, hasta que no tuvo más remedio que rendirse a mi tenacidad.
—Está bien, aunque sólo sea por la corriente de cariño que siempre hubo entre nosotras, y debido al interés que demuestras, lo voy a intentar. Te ayudará, aunque sólo sea un poquito.
—Estupendo, abuela, te escucho.
—Verás... cuando me vi dentro, ya sabes dónde, comprendí rápidamente que si quería sobrevivir...
—¡Qué? 
Según hablaba en mi mente empezó a perfilarse un pensamiento que, por lo descabellado y absurdo, me negaba a admitir. 
—Lo que te iba diciendo, cuando me vi encerrada sin posibilidad de...
No dejé que terminara la frase, como un escopetazo, la idea abrasadora inicial se concretó, y pensé horrorizada: “¡Viva! ¡La habíamos enterrado viva!”.
—Abuela, ¿qué me estás contando? ¿Es cierto eso que estoy pensando y que no me atrevo a expresar en alto?
—Cierto, así es —contestó sin alterarse.
—Pero... eso es horrible, no puede ser. Y... ¿cómo es que ahora estás aquí? 
Cada vez estaba más sedienta de saber, impaciente reclamaba información.
—Como te decía, cuando me di cuenta de ello, de que me habían enterrado viva, y de que no tenía escapatoria; comprendí que el tiempo, si realmente no quería morir, que me quedaba de vida era mínimo. Dentro del pequeño habitáculo el oxígeno se agotaría pronto, así pues, cada segundo que pasaba adquiría suma importancia. El poder de la mente es enorme, ¡no sabes cuánto! 
Seguía y seguía hablando, con el entendimiento afinado, y con un léxico impropio en ella. Era como si hubiese adquirido de pronto el saber de los grandes genios, cuando, en vida, bueno, en vida pasada, puesto que la tenía frente a mí, nunca había muerto, o mejor decir, un día antes, apenas sabía leer y escribir.
—¿Me escuchas, nieta? —me preguntó viendo que, inmersa en mis cavilaciones creía que me había despistado. Yo asentí con la cabeza—. Como te contaba, cuando tomé conciencia de lo sucedido, en un esfuerzo supremo, que me sería muy difícil explicarte y tú comprender, conseguí, con el poder de mi mente, potenciar la carga positiva de los iones y desintegrar mi cuerpo, para, una vez fuera del nicho, volverlo a integrar. Tuve suerte, porque ayer los rayos cósmicos estaban cargados de mesones y me ayudaron en la integración, de lo contrario, de haber sido un día en el que la presencia del mesón hubiese sido baja, ello no me habría sido posible.


—Abuela, no comprendo nada. ¿Cómo has sabido todo eso que me cuentas?
—Contéstame a una pregunta, ¿tú, ayer, pensante en Plutarco?
—Sí, ahora que lo dices, sí, y es extraño, no sé porqué, pero cuando te estábamos enterrando me acordé de un sueño que tuve hace mucho tiempo y que nunca he podido olvidar, él era el protagonista.
—Ahí está la clave. Es una pena, porque gran parte de sus escritos se han perdido. A Plutarco no se le prestó atención en su época, de haberlo hecho, la humanidad caminaría ahora por otros derroteros. ¿Cuál era la esencia, el núcleo de ese sueño?
—Recuerdo que Plutarco me transmitía las claves del saber, eran tres o cuatro fórmulas que, bien aplicadas, daban respuestas a todas las incógnitas, a todas las preguntas que los sabios se plantean, y que hasta la fecha no han conseguido explicar. Sin embargo, cuando desperté, aunque las recordaba, no tuve la precaución de apuntarlas y en cuestión de segundos se esfumaron de mi mente.
—Pero todo este tiempo han permanecido en tu subconsciente, y tú, sin saberlo, sin darte cuenta, me las transmitiste. Eso fue todo, tu cariño hizo el trabajo. 



Continuará en el III y último capítulo

domingo, 3 de abril de 2011

LA ABUELA KIKA (I)

Para descansar, matar el tiempo, y dar rienda suelta a mis deliberaciones internas sobre ella, me senté un rato a la puerta de su casa, en una de sus sillas, de esas sillas de pueblo con asiento de anea y patas y respaldo de madera pintados de negro. Después de un caluroso día de verano, la tarde tocaba a su fin, y la temperatura se tornaba poco a poco cada vez más suave y agradable. 
Todos sus hijos y nietos, procedentes de distintos lugares de España, habíamos llegado al pueblo para darle el último adiós a la abuela Kika. Me sentía aturdida y oscura. Era el primer ser querido que se me moría, y una sensación nueva y desconocida había anidado dentro de mí. Aún no era consciente de lo sucedido, tanto es así, que busqué con la mirada a la abuela cuando, a la hora del almuerzo, nos reunimos toda la familia en torno a la mesa. Al no encontrarla pregunté: “¿Pero dónde está la...?” 
Como estalactitas formadas súbitamente se me helaron las palabras en los labios; me di cuenta en ese preciso instante de que la habíamos enterrado el día anterior. Y fue entonces cuando me invadió esta extraña sensación; flotaba, toda yo se perdía, se desdoblaba, y como un sueño que se escapa a nuestro control, a mí se me escapaba el momento.
La quería mucho, sin embargo, no la lloré, no pude, perezosas y estáticas mis lágrimas se negaron a aparecer. 
Desde mi puesto en la calle percibía el bullicio que se desarrollaba dentro de la casa. Sus hijas y nueras la desmantelaban; había que dejarlo todo ordenado antes de que nos marchásemos a nuestros respectivos lugares de origen. Los baúles y las arcas de la abuela eran abiertos para ver su contenido: “Esto vale, esto no —comentaban entre ellas—, aquello se lo damos a tal o cual persona, puede que lo necesite”. Tiraban lo que consideraban que no servía y apartaban lo que creían que sí. El trasiego dentro era tremendo, y resultaba difícil trasladarse de un lado a otro sin pisar la multitud de cosas que se amontonaban por los suelos. “Mañana desinfectaremos y fregaremos bien toda la casa.” —oí decir a una de sus hijas.
Y yo, mientras tanto, escarba que escarba en su recuerdo, que se me había pegado al alma como, cuando era niña, se me pegaba a las manos la resina de las jaras.

¿Recuerdos? Sí, la abuela ya era el recuerdo, mi recuerdo, mis recuerdos de ella, que eran muchos. Habían transcurrido solamente unas horas, apenas un día, y en un abrir y cerrar de ojos, mi presente con la abuela, pasó definitivamente a ser mi pasado con ella.
Fui su primera nieta y también su preferida. “Vecinas ¡he tenido una nieta preciosa!, ¡he tenido una nieta preciosa!”, pregonaba regodeándose por la mañana temprano el día  que yo nací. 


Durante años pasé largas temporadas con mi abuela. Era alumna aplicada y mis padres no querían que perdiese ningún día de colegio; así qué —hasta que emigramos—, mientras ellos terminaban la recolección de los campos, o iniciaban una nueva siembra, yo me quedaba con ella. 
Aunque no fui una chiquilla traviesa en algún momento, siendo muy niña, debí de hacerle alguna trastada: “Como suba te voy a patear el mondongo”, —me gritaba un día desde el zaguán—. ¡Extraña palabra la de mondongo!, nunca la había oído. Me tuvo preocupada varios días. ¿Qué significaría? “¿A lo mejor es algo raro? Quizás sean cosas de mayores, cosas que sólo ellos saben”, me contesté. En fin, fuera lo que fuese, me cuidé muy bien de no volver a hacer ninguna fechoría, por si a la abuela se le ocurría patearme esa cosa rara que yo tenía, y que no sabía muy bien lo que era.
La actividad seguía dentro de la casa, cansada de estar sentada, decidí entrar un momento. Subí al segundo piso, volví a bajar, subí de nuevo, entré en una de las habitaciones, luego en otra. Deambulaba de un lado a otro, no sabía en qué ocupar mi tiempo que parecía haberse detenido. Aquel no saber qué hacer me abrumaba. De pronto, entre todo el bullicio, ¡la vi... sí, la vi, vi a la abuela! ¡No era posible! Me froté los ojos y miré de nuevo; seguía allí en medio de aquel gran alboroto, alboroto motivado por su muerte, y en el que ahora ella también participaba. Parecía tener más vitalidad, más agilidad que antes de morir ¿Digo de morir? No, de morir no, yo la estaba viendo viva. ¡No salía de mi asombro! ¡No podía ser! Pocas horas antes había visto como la metían en el ataúd, como la bajaban por la espinada escalera que conduce del dormitorio al zaguán, como el coche mortuorio se la llevó, como el sacerdote dijo sus últimas oraciones por ella, y vi, también, como la metían en el nicho recién construido. Necesitaba una explicación urgente, tenía que preguntar, preguntarle a ella, que me dijera lo que había pasado, el porqué de su presencia allí, y que me aclarara, también, por qué los demás no parecían darse cuenta. Empecé a apartar muebles, cacharros, ropa, trastos, todo lo que nos separaba y que me impedía llegar hasta donde se encontraba. 
Después de una intensa lucha contra todo lo que obstaculizaba mis propósitos, conseguí acercarme palpitante y emociona a su lado.
—¿Pero abuela, tú no estabas...? —pregunté con el alma en vilo.
—Sí nieta, pero... ¿ya ves? —me respondió sin demasiado entusiasmo.
—No entiendo nada ¿qué ha pasado? Abuela, abuela querida, yo..., yo he visto como te enterraban ¿por qué ahora estás aquí? ¿Son acaso figuraciones mías?

                                                                                                           continuará...

viernes, 1 de abril de 2011

ODA A LA JARA



                                              
                                                Recuerdo que bosteza
                                               en los campos de mi infancia.
                                               Abrazo en verde y blanco,
                                               con aderezos pardos y rojos
                                               que adornan tu falda casta.

                                               Presumida y arrogante,
                                               luciendo con gracia tus colores
                                               irrumpes en primavera,
                                               claveteando con empaque
                                               y donosura los alcores.

                                               Como quinceañera de antaño
                                               perfumada y seductora
                                               con resina odorífica
                                               proteges tu belleza innata,
                                               que a los osados,
                                               que no les basta con admirarte,
                                               espanta.

                                               Hasta tu grafía me atrapa,
                                               se deshace dulcemente en mi boca,
                                               se aventura en mi garganta,
                                               y en un juego de palabras,
                                               me envuelve como una caricia
                                               tu nombre: jara.    
      
(Es una planta que por su olor y sus flores me encanta, de ahí mi nick)

sábado, 26 de marzo de 2011

DOS DESTINOS


Caminaba pisando fuerte, segura de quien era y de lo que quería. Sus tacones retumbaban en el asfalto con poderío (casi insolente) de mujer libre.
Aminoró el paso cuando divisó a la pareja de lejos. El impulso insólito de la sangre la tiró del corazón, e  hizo, que de pronto, el resto de las personas que se movían a su alrededor desaparecieran, y su mirada se posara sólo en las dos figuras que avanzaban de frente. En ese momento no lo entendió.
Él con chanclas, bermudas y camiseta, como cualquier turista mas. Ella…, era toda velos.
Le  dio un vuelco el corazón cuando sus ojos se cruzaron con los ojos negros y profundos de ella, que, a pesar de su hermosura, quiso imaginar, o intuyó, que eran tristes. Hubiese querido colarse furtiva por esas ventanas, explorar sus pensamientos, y empezar a quitar  poco a poco y con delicadeza todos los velos negros con los que, nada mas nacer, fueron envolviendo su espíritu, esos que no le dejaban ver ni sentir la grandeza de la vida y de ser mujer.  
Había dejado atrás a la pareja cuando un flash le iluminó el recuerdo lejano de un viaje familiar a la tierra de su madre. ¡Esos ojos los conozco!, se dijo, son los mismos de mi abuela. Suerte la mía que mi padre es europeo, pero el alma se le encogió aún más pensando en la otra.   

miércoles, 23 de marzo de 2011

REÍR


Dicen que reír es un filón de salud corporal y espiritual, entonces… ¿por qué practicamos tan poco este deporte que apenas requiere esfuerzo? Todo será cuestión de proponérselo.
Para empezar, lo primero que hemos de tener es una buena predisposición. Con ella a punto vamos a dejar bien aparcados (no vale en segunda fila) los problemas, las inquietudes, las angustias, las prisas, etc., de la vida cotidiana, y nos centraremos en algo agradable que, como preludio de lo que se avecina, nos haga sorprendernos a nosotros mismos con una leve sonrisa.
Algo que a mí personalmente me da muy buenos resultados, es recordar alguna situación graciosa que me haya sucedido, y con la cual me reí largo y tendido. Evocar cosas buenas de nuestra existencia siempre es agradable, y si además sirve para provocar nuestra risa, mejor que mejor. Una de esas anécdotas que siempre me provoca no sólo la sonrisa, sino también la carcajada, es la siguiente:
En una ocasión acudí a una clínica para recibir varias sesiones de acupuntura. Era verano y la hora de la sobremesa, así pues, tumbada en la camilla, con el estómago lleno y la música de fondo, el sopor se adueñó de mí, e irremediablemente, después de que la enfermera cerrara la puerta tras de si y me dejara sola, me sumí en un profundo sueño. Transcurrido el tiempo de la sesión, la enfermera entró de nuevo en la sala. Desperté sobresaltada sin saber donde estaba, me asusté, y de un brinco salté de la camilla echando a correr. La enfermera no sabía lo que pasaba, pero al verme a mí, hizo otro tanto, y ambas corríamos despavoridas de un lado para otro por los pasillos de la clínica sin saber porqué. En un determinado momento, al cruzarnos, nos paramos en seco la una frente a la otra, nos miramos fijamente a los ojos y sin mediar palabra, entendimos al instante lo que había provocado aquella situación ridícula. Nos sonreímos, de la sonrisa pasamos a la risa y de la risa a la carcajada imparable, tanto es así, que nuestros esfínteres, impotentes ante tanto trabajo presentado de improviso, estuvieron a punto de abandonaros. ¡Menos mal que no te había puesto las agujas en la planta de los pies!, dijo.
Cuando rescato de mi memoria estos momentos, veo con nitidez el respingo que pegué, y a las dos huyendo espantadas de un enemigo incorpóreo que provocó en nosotras un pánico irracional, y siempre acabo riéndome sola como una tonta. Comienzo con la sonrisa de labios cerrados, abro las puertas a la sonrisa abierta, paso después a un imperceptible ¡ja, ja!, y termino (como ahora) con una casi interminable y relajante carcajada. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ...!
¿Y tú, has sonreído al leerlo? Si es así estás en el buen camino. Este es uno de mis métodos para desconectar cuando los problemas me acorralan, pero haber hay mucho, sólo es cuestión de que cada uno encuentre el suyo, y... ¡a reír, que la vida es hermosa!

domingo, 20 de marzo de 2011

LEYENDA MORA


No está escrita en los papeles, pero desde hace siglos circula de boca en boca esta hermosa leyenda.
Dicen que un sultán moro recorría a caballo ciertas montañas del norte de Cáceres, y subyugado por el paisaje, donde señoreaban gargantas, fuentes, arroyos, y tal variedad de plantas que  parecía un jardín botánico, decidió fijar su residencia en dicho lugar.  
Mandó traer a su favorita y la instaló en un magnífico palacio, para que compartiera con él tanta perfección, porque dicen que, al contrario que sucede con las penas que al participarlas a otros parece que menguan, la belleza compartida se engrandece.
Al poco tiempo de su llegada la favorita comenzó a mostrarse triste. El sultán, que la adoraba, preocupado por su estado la cubrió de riquezas, pensando que esto la animaría, pero no lo consiguió, la favorita seguía cada día más afligida.
—¿Qué te sucede amada mía que ni tu mirada ni voz son cantarinas como antes?
—Echo de menos la nieve de Sierra Nevada que contemplaba desde mis aposentos de la Alhambra.
Reunió a todos sus consejeros. Durante una semana estuvieron deliberando para ver la forma de satisfacer a la favorita sin encontrar respuesta, hasta que uno de ellos se atrevió a sugerir al sultán una idea que a éste le pareció genial.
Al día siguiente una legión de súbditos y esclavos se pusieron manos a la obra, y en pocos meses todas las montañas que la favorita divisaba desde el palacio, estuvieron cubiertas de cerezos, para que cuando llegara el tiempo de floración pareciera que el campo estuviese nevado.
Y así nació el Valle del Jerte, cuyos cerezos están a punto de florecer.

jueves, 17 de marzo de 2011

AYER Y HOY












Ayer, se consumó tu traición,
se me quebró el cántaro
donde saciaba mi sed,
y se apagaron mis ojos de charol.
Y pensaba…
si ya no me quedan fuerzas
y no tengo mirada,
¿cómo y dónde voy a beber?

Hoy  me he concedido una bula,
dejé de rumiar mis congojas
y me sorbí las lágrimas
que mullían mi desconsuelo.
Se me relajaron los humores,
y al final...
casi sin saber como
se me quedó el ánimo despreocupado.


lunes, 14 de marzo de 2011

VIDA ENCLAUSTRADA




Solitario claustro donde la belleza creada por las expertas manos del hombre se aburre de soledad, porque apenas hay espíritus que se sublimen contemplándolo, ni ojos que se pierdan hipnotizados por tan exquisitas filigranas. Pasillos del claustro donde habrán brotado y madurado, para quedarse después flotando en el ambiente, deseos mundanos, deseos lujuriosos de la carne no satisfechos, que vagan por todas las estancias del convento igual que fantasmas.
Almas sin juicio ni culpa, encarceladas de por vida, y con ellas todos sus sueños y quimeras.

Cuando trabajaba en Palacio tenía en el despacho enfrente de la mesa, un cartel grande  del claustro del Real Monasterio de Santa Clara en Tordesillas. Lo miraba muchas veces, y me ponía a imaginar  como sería la vida dentro de sus paredes. Pensaba especialmente en las mujeres de la nobleza, que, porque convenía que así fuera y sin ellas quererlo, fueron encerradas en conventos, algunas desde niñas.

jueves, 10 de marzo de 2011

EL RELOJ DE MI TIEMPO


El reloj de mi tiempo
examina mis días
desde su pared caliza,  
disfruta observándome,
todavía, desde lejos,
o eso creo,
y yo que no quiero que se pare,
no me olvido, cada mañana,
de darle cuerda al levantarme.

El reloj de mi tiempo, a veces,
asoma el hocico
y agita su guadaña,
y yo, que sigo laborando sueños
y desmenuzando instantes,
le grito enfurecida
que mi  última hora  
no ha llegado todavía.

Y entonces él  se esconde
y yo sigo dándole cuerda.

martes, 8 de marzo de 2011

TESTAMENTO FEMENINO






En cualquier lugar del planeta,
 a 8 de marzo de 2011






LAS MUJERES DE MI COSECHA QUEREMOS DEJAR CONSTANCIA Y EN HERENCIA A LAS GENERACIONES FUTURAS, LA LUCHA SEGUIDA EN POS DE NUESTROS DERECHOS Y LIBERTADES, Y POR TAL MOTIVO TESTAMOS QUE:

PRIMERO.- Que la lucha no la empezamos nosotras, sino que otras, concienciadas de las diferencias existentes entre hombres y mujeres, tímidamente ya la habían iniciado, pero  tomamos el relevo con tal fuerza y nos implicamos tanto en la tarea, que jamás se había visto en toda la historia de la humanidad tal empuje y logros.

SEGUNDO.- Que los hombres no han sido ni son nuestros enemigos, sino nuestros compañeros de viaje; muchos son los que, con el sentido de la justicia desplegado en sus corazones, nos han acompañado por trochas y veredas espinosas.

TERCERO.- Que no criticamos ni menospreciamos a la mujer que optó u opta en la actualidad por quedarse en casa, para seguir realizando la labor asignada desde hace siglos, y esperamos que el hombre sepa valorar tan grande entrega a la familia.

CUARTO.-  Que muchas de nosotras antes de emigrar, trabajaron en el campo, y una vez en la ciudad, sin desatender su casa y su familia, lo hicieron en fábricas y talleres, limpiando casas u oficinas, cuidando ancianos o enfermos, o en cualquier otro oficio que les permitiera aportar un salario al hogar. También en oficinas, hospitales, tiendas, etc.


QUINTO.- Que también muchas son las que con espíritu de superación y conscientes de su deficiencia, encontraron tiempo para la lectura y  el estudio, tratando de subsanar la anemia cultural  provocada por la falta de alimento que en su día les negaron.

SEXTO.- Que con nuestra independencia económica en el bolsillo, nos hemos permitido pedir el divorcio cuando nuestro compañero no ha sabido o no ha querido, que caminemos juntos en la misma aventura.

SÉPTIMO.- Que nos atrevemos a denunciar cuando un hombre no sabe hacer honor a su sexo.

OCTAVO.- Que hemos aprendido a ser esposas, compañeras y amantes, reclamando nuestro derecho a disfrutar de la sexualidad plenamente.

NOVENO.- Que podemos ser feministas sin dejar de ser tremendamente femeninas.

DÉCIMO.- Que muchas, aun trabajando fuera de casa, hemos ejercido y seguimos ejerciendo de madres (bendita labor), de hijas y de abuelas, todo ello al mismo tiempo. Seguimos siendo nosotras las que cuidamos a nuestros padres en la vejez, pues parece que todavía la sociedad sigue pensando  que dicha función le corresponde a la hembra y no al varón. En este último campo queda mucho todavía por labrar.  

PEDIMOS A NUESTROS JÓVENES QUE NO DILAPIDEN LA HERENCIA SINO QUE LA INCREMENTEN, QUE SIGAN CON LA LUCHA INCRUENTA HASTA CONSEGUIR EN TODOS LOS CAMPOS LA IGUALDAD ENTRE AMBOS SEXOS, Y QUE NO SE OLVIDEN DE DAR SU APOYO A AQUELLAS MUJERES QUE VIVEN EN PAÍSES EN LOS QUE LA DESIGUALDAD ES TAN GRANDE QUE DUELE COMO PROPIA.

jueves, 3 de marzo de 2011

PROVOCANDO A LOS SENTIDOS


Era un día delicioso de finales de primavera, e iba tranquila paseando por las distintas salas del museo. Inesperadamente, al posar mis ojos en él, una ráfaga de frío que parecía que me los iba a convertir en escarcha, me penetró en los huesos, hasta el aliento lo sentí helado.
Todo era perfecto y todos en su conjunto y por separado me transmitieron tan intensa sensación: el fondo lejano y oscuro como una peineta en el horizonte; los árboles desnudos, indefensos y escorados por los violentos empellones; el asno hundido hasta las corvas en la nieve, enfrentándose a la carga y las inclemencias del tiempo, y las personas inclinadas para no ver, porque con sentirlo ya les era suficiente. ¡Hasta el perro resguardaba el rabo de tan gigantesca ira!
Y yo lo olfateaba, mi lengua chasqueaba, el vello de los brazos se me erizaba, y mis oídos escuchaban el blasfemar del viento.  

                                                  El Invierno, de Francisco de Goya

miércoles, 2 de marzo de 2011

MIS DÍAS EN PALACIO

He intentado que los compañeros que llevan muchos años trabajando en el Palacio Real, me contaran anécdotas y curiosidades del mismo, pero cuando les preguntaba, decían no acordarse de nada que yo ya no supiera. Para ellos es un lugar tan conocido como lo pueda ser su casa, y no se dan cuenta que, igual que desconozco donde guardan  su  ropa interior, también ignoro las interioridades del Palacio.
En fin, que se me ha agotado la información, y visto que como me he prejubilado y mi contacto con ellos va a ser sólo cuando les visite, este apartado de MIS DÍAS EN PALACIO, lo doy por terminado.
Aunque no son buenos, os dejo dos vídeos. 

Ceremonia de presentación de Cartas Credenciales

domingo, 27 de febrero de 2011

LÁZAROS


Fundió las rejas del hambre,
de la miseria enquistada en sus estómagos,
en sus miradas, en sus manos,
en sus pies cansados de buscar en la nada
durante siglos.

Y les dijo: “Levantaos y andad”.
Tan sólo tengo mis brazos,
mis piernas, mi corazón,
mis ojos, mi voz, mi entusiasmo,
mi amor, y mi voluntad.

Escuchó su voz el agua,
el sol, la tierra, y el viento, 
que, raudo cual cartero diligente,
 repartió  el mensaje.
Despertaron las almas dormidas.
Una dijo: estoy aquí,
y yo, y yo, y yo también…

Todos los descastado se sintieron lázaros.
 (Dedicado a Vicente Ferrer)


domingo, 20 de febrero de 2011

LA ESPERA



   Anochecía. Despertaban las primeras estrellas mientras seguía sentada en la terraza dándole vueltas a su cabeza, esperando que sucediera lo que durante tanto tiempo había deseado. Intuía que había llegado el momento, sin embargo, nunca imaginó que fuese de esa forma. Cortando por un instante el hilo de sus pensamientos, fue al dormitorio a buscar algo con qué cubrir su espalda, empezaba refrescar y no quería enfriarse.
Instalada de nuevo en la silla que tantas veces compartió con ella las noches de vigilia, retomó sus ideas. Recordaba situaciones similares a aquella, noches en las que, harta de bregar con el insomnio, envuelta en una manta para amortiguar el frío y con la desazón que le calaba hasta los huesos, esperaba su llegada en el balcón. Su llegada, o noticias traicioneras, que su mente, en un afán engañoso de justificar su tardanza, elaboraba. ¡Siempre noticias! Las que fueran, pero noticias, porque la incertidumbre consume y aprieta más que el conocimiento de los hechos. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, con un reguero de inquietud en el alma y mirando el reloj a cada instante que, ajeno a sus angustias seguía impertérrito y perezoso devorando los momentos de su espera, pasaba las noches.
Incapaz de enhebrar las ideas, pero con los sentidos agudizados, percibía cualquier signo que le indicara que su presencia era inminente: distinguía en la lejanía el ruido del motor de su coche, sus pasos a tres manzanas, y, a veces, hasta el olor de su cuerpo que, reptando por el aire llegaba hasta ella como una aleteo de mariposas.
Cierto que su espera y su inquietud de ahora, nada tenían que ver con las anteriores, pero al fin y al cabo estaba en la misma situación, aunque por motivos distintos. Hacía tres días que no sabía nada de él. Una mañana dijo: “Hasta luego”, y ya no volvió. Se quedó sin saber qué hacer. No era la primera vez que faltaba una noche, nunca tres, y si bien a veces lo hacía en no muy buenas condiciones, siempre aparecía a la mañana siguiente.
El domicilio conyugal era suyo, y cuando le pidió la separación e interpuso la correspondiente demanda, él se negó a marcharse, contestó que lo haría cuando el juez así lo dictaminara. La justicia es lenta, y durante más de un año se vi obligada a una convivencia matrimonial (con todas sus implicaciones) que detestaba, ocultando a su familia lo que pasaba, con el miedo metido en el cuerpo, temiendo por su vida, y temiendo sobre todo, que un día, al llegar del trabajo, hubiese desaparecido llevándose a su hija. Esta última amenaza que él repetía a menudo, era la que le impedía participar a sus padres y hermanos lo que estaba sucediendo. Calladamente, pero resuelta y firme en su decisión, esperaba a que por fin la justicia actuara de una puñetera vez. Involucrar a los suyos sólo hubiese contribuido a complicar más las cosas. ¡Por fin se había marchado! Pero... ¿qué tenía que hacer ahora? ¿Denunciar su desaparición o no? Se había marchado con lo puesto, sin llevarse ninguno de sus enseres. Camorrista y provocador, cabía la posibilidad de que le hubiese pasado algo, si no denunciaba la policía podría preguntarla por qué. Por otro lado, ¿qué sentido tenía hacer tal denuncia si estaba esperando que el juez dictase las medidas provisionales? ¿Y la puerta…? ¿Echaba la llave o no? Si se presentaba, la encontraba cerrada y no podía entrar, seguro que armaría un escándalo, pero si no la cerraba y llegaba borracho cuando estuviese dormida, ¿qué le podía pasar? Mejor esperaba despierta.
Hizo varias incursiones al frigorífico, porque de pronto le apretaba el hambre y se comía lo primero que pillaba, pero al rato, su siguiente visita era al cuarto de baño para desprenderse de la ingente cantidad de alimentos que había devorado.
Por comentarios que había hecho al azar, tenía una ligera sospecha de cual podría ser su paradero. Pidió a un amigo común que hiciera unas gestiones, y allí estaba, esperando, bien para verle aparecer, o a que una llamada telefónica terminara con la angustia que tal incertidumbre la producía.
Cuando sonó el teléfono, se despejaron todas sus dudas. El amigo le confirmó que el mismo día de su desaparición, había salido con destino a Rota, incorporado a la Legión por cuatro años.
¡Bien! ¡Por fin podía descansar!, y echar cincuenta vueltas a la puerta de su casa y cien a las ansiedades y zozobras enquistadas de los últimos años. Cerradas y bien cerradas ambas, para que la paz y el sosiego inundasen su hogar y su espíritu.

lunes, 14 de febrero de 2011

AMADA CONCIENCIA












Ayer, se consumó tu traición,
se me quebró el cántaro
donde saciaba mi sed,
y se apagaron mis ojos de charol.
Y pensaba…
si ya no me quedan fuerzas
y no tengo mirada,
¿cómo y dónde voy a beber?

Hoy  me he concedido una bula,
dejé de rumiar mis congojas
y me sorbí las lágrimas
que mullían mi desconsuelo.
Se me relajaron los humores,
y al final...
casi sin saber como
se me quedó el ánimo despreocupado.