domingo, 27 de febrero de 2011

LÁZAROS


Fundió las rejas del hambre,
de la miseria enquistada en sus estómagos,
en sus miradas, en sus manos,
en sus pies cansados de buscar en la nada
durante siglos.

Y les dijo: “Levantaos y andad”.
Tan sólo tengo mis brazos,
mis piernas, mi corazón,
mis ojos, mi voz, mi entusiasmo,
mi amor, y mi voluntad.

Escuchó su voz el agua,
el sol, la tierra, y el viento, 
que, raudo cual cartero diligente,
 repartió  el mensaje.
Despertaron las almas dormidas.
Una dijo: estoy aquí,
y yo, y yo, y yo también…

Todos los descastado se sintieron lázaros.
 (Dedicado a Vicente Ferrer)


domingo, 20 de febrero de 2011

LA ESPERA



   Anochecía. Despertaban las primeras estrellas mientras seguía sentada en la terraza dándole vueltas a su cabeza, esperando que sucediera lo que durante tanto tiempo había deseado. Intuía que había llegado el momento, sin embargo, nunca imaginó que fuese de esa forma. Cortando por un instante el hilo de sus pensamientos, fue al dormitorio a buscar algo con qué cubrir su espalda, empezaba refrescar y no quería enfriarse.
Instalada de nuevo en la silla que tantas veces compartió con ella las noches de vigilia, retomó sus ideas. Recordaba situaciones similares a aquella, noches en las que, harta de bregar con el insomnio, envuelta en una manta para amortiguar el frío y con la desazón que le calaba hasta los huesos, esperaba su llegada en el balcón. Su llegada, o noticias traicioneras, que su mente, en un afán engañoso de justificar su tardanza, elaboraba. ¡Siempre noticias! Las que fueran, pero noticias, porque la incertidumbre consume y aprieta más que el conocimiento de los hechos. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, con un reguero de inquietud en el alma y mirando el reloj a cada instante que, ajeno a sus angustias seguía impertérrito y perezoso devorando los momentos de su espera, pasaba las noches.
Incapaz de enhebrar las ideas, pero con los sentidos agudizados, percibía cualquier signo que le indicara que su presencia era inminente: distinguía en la lejanía el ruido del motor de su coche, sus pasos a tres manzanas, y, a veces, hasta el olor de su cuerpo que, reptando por el aire llegaba hasta ella como una aleteo de mariposas.
Cierto que su espera y su inquietud de ahora, nada tenían que ver con las anteriores, pero al fin y al cabo estaba en la misma situación, aunque por motivos distintos. Hacía tres días que no sabía nada de él. Una mañana dijo: “Hasta luego”, y ya no volvió. Se quedó sin saber qué hacer. No era la primera vez que faltaba una noche, nunca tres, y si bien a veces lo hacía en no muy buenas condiciones, siempre aparecía a la mañana siguiente.
El domicilio conyugal era suyo, y cuando le pidió la separación e interpuso la correspondiente demanda, él se negó a marcharse, contestó que lo haría cuando el juez así lo dictaminara. La justicia es lenta, y durante más de un año se vi obligada a una convivencia matrimonial (con todas sus implicaciones) que detestaba, ocultando a su familia lo que pasaba, con el miedo metido en el cuerpo, temiendo por su vida, y temiendo sobre todo, que un día, al llegar del trabajo, hubiese desaparecido llevándose a su hija. Esta última amenaza que él repetía a menudo, era la que le impedía participar a sus padres y hermanos lo que estaba sucediendo. Calladamente, pero resuelta y firme en su decisión, esperaba a que por fin la justicia actuara de una puñetera vez. Involucrar a los suyos sólo hubiese contribuido a complicar más las cosas. ¡Por fin se había marchado! Pero... ¿qué tenía que hacer ahora? ¿Denunciar su desaparición o no? Se había marchado con lo puesto, sin llevarse ninguno de sus enseres. Camorrista y provocador, cabía la posibilidad de que le hubiese pasado algo, si no denunciaba la policía podría preguntarla por qué. Por otro lado, ¿qué sentido tenía hacer tal denuncia si estaba esperando que el juez dictase las medidas provisionales? ¿Y la puerta…? ¿Echaba la llave o no? Si se presentaba, la encontraba cerrada y no podía entrar, seguro que armaría un escándalo, pero si no la cerraba y llegaba borracho cuando estuviese dormida, ¿qué le podía pasar? Mejor esperaba despierta.
Hizo varias incursiones al frigorífico, porque de pronto le apretaba el hambre y se comía lo primero que pillaba, pero al rato, su siguiente visita era al cuarto de baño para desprenderse de la ingente cantidad de alimentos que había devorado.
Por comentarios que había hecho al azar, tenía una ligera sospecha de cual podría ser su paradero. Pidió a un amigo común que hiciera unas gestiones, y allí estaba, esperando, bien para verle aparecer, o a que una llamada telefónica terminara con la angustia que tal incertidumbre la producía.
Cuando sonó el teléfono, se despejaron todas sus dudas. El amigo le confirmó que el mismo día de su desaparición, había salido con destino a Rota, incorporado a la Legión por cuatro años.
¡Bien! ¡Por fin podía descansar!, y echar cincuenta vueltas a la puerta de su casa y cien a las ansiedades y zozobras enquistadas de los últimos años. Cerradas y bien cerradas ambas, para que la paz y el sosiego inundasen su hogar y su espíritu.

lunes, 14 de febrero de 2011

AMADA CONCIENCIA

       Mi querida conciencia:
Es la enésima vez que apelo a tu razón de ser, y nada me haría más feliz que empezaras a hacer honor a tu nombre. Te he hecho llegar varios mensajes desconsolados comunicándote mis necesidades, sin que te hayas dado por enterada. Esto, más que una carta, es un burofax urgente con acuse de recibo, porque debido a tu descontrol, esas hormiguitas hacendosas que son mis células, han empezado a comportarse de manera extraña, y  me tiene muy, pero que muy preocupado. Si no me respondes, sólo se me ocurre una cosa, ponerme un letrero en la frente que diga: “Perdida conciencia, se la reconoce por su sinrazón”. A lo mejor sientes vergüenza y reaccionas.
Este cuerpo tuyo ya no puede más, tus virus mentales que te despeinan el ánimo y a mi  me vampirizan, me tienen hecho un guiñapo. Y para colmo no me alimentas debidamente, igual estoy varios días en completa abstinencia, que luego tu gula descomunal me desborda.
¿Cómo vamos a descansar  si cada noche llenas nuestra cama de problemas imaginarios? ¿Cuándo vas a desenmarañar la madeja que tienes en la sesera? Así no vamos a ningún sitio, despierta, por favor, porque lo que hagas contigo me lo haces a mí, que ambos nos necesitamos, no podemos vivir el uno sin la otra, es nuestro sino.
¿Sabes, amada mía, que mis ojos vigilantes están pendientes de ti día y noche, y que mi única jurisdicción son tus pensamientos? Y es que sin ti sólo soy pura materia,  en cambio, caminando juntos,  somos únicos.
 Propongo que le demos una fuerte patada al desaliento, si los haces, para compensarte, te voy a regalar cada día una guirnalda tejida con gran variedad de flores, tales como: alegrías, sueños felices, ánimo, fuerza, resistencia, armonía, amor, cariño, y muchas más que ahora no te voy detallar porque la lista es extensa. Con ellas prendidas luciríamos espléndidos.  
¿Ries? ¿No te estarás volviendo loca, verdad?...  No, no es eso, ¡Menos mal! Lo que percibo son  pequeños garabatos de esperanza. ¡¡Uf!! ¡Qué alivio!
Ahora me toca a mí, pero yo no río, lloro, y lo hago de alegría y regodeo, porque por fin se te ha encendido la bombillita de la razón. ¡Dios mío, que sea de larga duración!
¡Ay! Me siento agotado después de esta disertación, supongo que tú también. ¿Descansamos?
Presiento que esta noche va a ser diferente.
Que duermas bien, mi reina.

Tu cuerpo


sábado, 12 de febrero de 2011

METRO



Hola, desconocido:
No sé muy bien como nombrarte, así que te llamaré Metro. Quizás Roberto o Javier —que son dos nombres que me gustan mucho—, sería más apropiado, pero te he bautizado Metro porque es el lugar donde mi sino se cruzó contigo.
Te explico, Metro, el sentido de esta extraña carta. Tienes la culpa de que después de mucho tiempo con la libido en barbecho, se haya roto la invariabilidad de mis días de destierro voluntario, y despertado la Eva que dormitaba en mí, regalándome unos momentos golosos.
Esta mañana cuando monté en el tren para ir a trabajar, mi estrella quiso que me pudiese acomodar en un asiento, y, al levantar la mirada del libro que iba leyendo, mis ojos toparon con tu figura de hombre que, sentado frente a mí, y ajeno a las féminas que mariposeaban a tu lado, también leías. Me quedé suspendida del ejemplar de macho que eres.
Con ojos de lujuria contemplé despacio tu moreno natural —no de playa ni de rayos uva—, tu cutis rasurado en el que apenas se dibujaba una perilla mínima expresión —las perillas no me gustan, pero a ti te sienta muy bien—, y las tempranas briznas blancas que se perdían en tu corta, pero abundante, cabellera negra.
A través del pantalón oscuro con una fina raya vertical ocre —mismo color de la camisa y los zapatos—, adivinaba tus consistentes muslos. ¿Tendrán bello? me pregunté. Quiero imaginar que sí, no me gustan las piernas depiladas en un hombre.
Centrado en la lectura, de vez en cuando te mordías distraídamente los carnosos y apetecibles labios, y deduje que estabas inmerso —así me lo pareció por lo que apenas veía de la portada del libro— en el fantástico mundo de una novela.
Quedé desarmada cuando te vi pasar con suavidad la hoja, y antes de continuar leyendo, deslizar despacio tu varonil mano por ambas páginas, como queriendo asegurar que las letras no se escapasen de ellas. Siempre me han gustado las manos grandes en un hombre, y siempre me ha fascinado el contraste entre una figura fornida que, en ciertas circunstancias puede parecer fiera, y la delicadeza de sus gestos, sobre todo cuando se trata de acariciar a una mujer. ¿Cómo trabajarán tus manos? ¿Serán expertas o torpes? Expertas, seguro que sí —me dije—, repletas de placeres secretos, y especialistas en pasear y recrearse en el cuerpo de una hembra.
El libro permanecía abierto en mi regazo, no podía dejar de mirarte, mis ojos abrazados a tu figura, abonaban mis pensamientos sin pudor. Azogada, un calorcillo interno me colonizaba por dentro, y la sensualidad se me colaba por los poros de la piel.
Estaba segura de que sentías el roce de mi mirada, y de que de un momento a otro al levantar tus ojos del libro, se cruzarían con los míos y leerías el mensaje no escrito. ¿Lo entenderá? pensé. No tenía duda, mi seductor alfabeto visual nunca me había fallado.
Así lo hiciste pasados unos minutos, y descubrí que tus párpados envolvían dos formidables parterres verdes.
Después del cruce de nuestras miradas —que sólo duró unos segundos—, tu cabeza giró hacia la derecha. Estación de Gregorio Marañón, sobresaltado corriste hacia las puertas a punto de cerrarse.
Me quedé feliz con mi humedad, con la esperanza de encontrarte otro día para regalarte esta carta, y con el sueño de que mis fantasías contigo se hagan realidad.

jueves, 10 de febrero de 2011

ASCO


Me repugnaba su boca inundada de ensaladilla rusa, la mahonesa le resbalaba por las comisuras de los labios, y reía tontamente, y en esa risa necia y torpe, abría, hasta parecer una embocadura lechosa, su bocaza. La cerraba,  y después sacaba la lengua hasta la barbilla, para relamer con ligereza los restos alimenticios.

Y volvía a reír y a comer, a rebosarle de nuevo la crema blanquecina, que a veces, sin obstáculo de servilleta, en su recorrido mandibular, resbalaba, para caer como cuajarones blancos en el plato. Y a mi me daba asco y nauseas y se me esfumaba el apetito, y me ponía nerviosa esa lengua de culebra, que como un relámpago embestía y rebañaba.
En esos momentos, viéndole babosear mayonesa, toda su lucidez mental se anulaba.

martes, 8 de febrero de 2011

¡SE LE HA CAÍDO SU PRIMER DIENTE!



A mi niño chiquito
que es  muy majo
se le ha caído un diente
de los de abajo.

Bailando el diente
estaba todo el día
y mi niño con la lengua 
dale que dale lo removía.

Jugando al futbol
se le cayó
y ratoncito Pérez
le visitó.

Mi niño ya no es chiquito
que ya es mayor
y le va a nacer otro
mucho mejor.


miércoles, 2 de febrero de 2011

CONFESIÓN INESPERADA

Todavía me siguen enamorando sus ojos, y lo seguirán haciendo, si es que ello fuese posible, por toda la eternidad. Ojos llenos de grandeza, por los que se le cuelan hasta los pensamientos, que yo, gozoso, recojo, como lo haría un buscador  de oro al encontrar pepitas en su batea.
¡Qué fácil resulta todo ahora con ella! Sólo hay que mirarla para saber si está  enfadada, alegre, triste…, o si el cansancio le  ha colonizado hasta la mirada.
Pero entonces, aquel día del mes de julio, yo andaba más encogido que un girasol después de la puesta del sol, o un papel de papelera estrujado. Cuando me citó en su casa para que escogiera los libros que me apeteciese, las piernas me temblaban más que un junco zarandeado por el viento.
No divisé disgusto ni reproches en su expresión cuando no supe estar a la altura del buen hacer de un hombre, pero no podía dejar pasar el momento sin una explicación. Mi vergüenza era tal, que tuve que hacer un formidable esfuerzo para aflojar las palabras agarrotadas en mi garganta.
—Es la primera vez que estoy con una mujer.
Meditó unos momentos, y extrañada me preguntó:
—¿Cómo es eso posible a tus treinta y cinco años?
—Hace poco que dejé de ejercer de cura. ¿Quieres ser mi maestra?